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Varicela: ¿de verdad tenemos que hacer algo… o a veces toca dejar al cuerpo trabajar?

hace 6 días
5 min de lectura




Últimamente me han tocado varios casos de varicela y hay algo que me ha llamado muchísimo la atención. No precisamente las ronchas. El miedo.


Porque hace algunas décadas escuchar “al niño le dio varicela” podía significar preparar la casa para unos días de comezón, fiebre, costritas y paciencia.

Hoy alguien dice “VARICELA” y pareciera que inmediatamente tenemos que activar protocolo NASA.


Y no quiero irme al extremo contrario. La varicela sí es una infección que merece atención, puede producir complicaciones y existen personas en quienes el riesgo es considerablemente mayor.

Pero entre minimizar una enfermedad y entrar en pánico por ella existe un punto bastante sensato:

entender qué está pasando.


Primero: ¿qué demonios es la varicela?


La varicela es una infección producida por el virus varicela-zóster.

En un niño sano suele comenzar con cierto malestar, fiebre, menos ganas de comer o dolor de cabeza, aunque en algunos niños prácticamente lo primero que aparece son las famosas ronchitas.

Después viene el espectáculo.

Primero aparecen pequeñas manchas, luego algunas se levantan y posteriormente se convierten en esas vesículas llenas de líquido que parecen gotitas sobre la piel. Mientras unas apenas están apareciendo, otras ya tienen ampolla y otras comienzan a formar costra.

Es precisamente esa mezcla de lesiones en diferentes etapas la que caracteriza mucho al cuadro.

Suele comenzar con mayor concentración en pecho, espalda y cara y después puede extenderse. Y sí:

pica como si la piel hubiera decidido declarar la guerra. 


En niños sanos, generalmente estamos hablando de un proceso de varios días que el propio organismo termina resolviendo. (CDC)


Antes parecía normal… ¿ahora somos más débiles?


Aquí viene la parte que me parece interesante.

Nuestros abuelos y nuestros padres convivían con determinadas enfermedades infantiles de una manera completamente distinta.

Hoy tenemos muchísima más información disponible y eso tiene enormes ventajas: reconocemos antes las complicaciones, sabemos quiénes tienen mayor riesgo y contamos con mejores herramientas para intervenir cuando realmente hace falta.


El problema aparece cuando información se convierte en hipervigilancia.

Una roncha nueva → Foto → Google →Grupo de WhatsApp →Otra foto →“¿Pero esta se ve normal?”

Cinco minutos después: →“Le salió OTRA.”

Y el niño, que probablemente estaba mucho más preocupado porque no lo dejaban jugar, termina viendo diez caras de angustia observándolo como si fuera a explotar.

¿Eso lo hace más débil?


Inmunológicamente, no podemos afirmarlo.

Pasar una varicela generalmente produce inmunidad duradera frente a una nueva infección, pero no convierte al sistema inmunitario entero en “más fuerte”. Además, el virus permanece latente en el organismo y años después puede reactivarse como herpes zóster. (CDC)


Pero hay otra fortaleza que sí me interesa:

la experiencia que construimos alrededor de estar enfermos.

Un niño también aprende observando a los adultos.


Puede aprender:

“Mi cuerpo está atravesando algo, me cuidan, me observan y vamos viendo cómo evoluciono”.


O puede aprender:

“Algo terrible está sucediendo dentro de mí y todos están aterrados”.


No son la misma experiencia.

Por eso tranquilidad no significa indiferencia.

Significa observar sin transmitir terror.


¿Entonces hay que tratar inmediatamente cualquier varicela?


Aquí mi postura como homeópata quizá sorprenda a algunos: no necesariamente.

Que exista una enfermedad no significa automáticamente que tengamos que bombardear al organismo con todo lo que tenemos disponible.


Incluso desde la propia filosofía homeopática deberíamos preguntarnos antes de intervenir:

¿qué necesita realmente este paciente?


La mayoría de las varicelas en niños sanos son leves y el manejo se concentra en acompañar los síntomas, disminuir la comezón, evitar que el rascado favorezca infecciones de la piel, mantener una buena hidratación y observar la evolución.


Y aquí aparece una idea que me parece preciosa:

acompañar también es hacer algo.

No toda enfermedad necesita que demostremos desesperadamente cuánto sabemos.

A veces nuestra responsabilidad consiste precisamente en saber cuándo intervenir y cuándo observar.


¿Y entonces dónde queda la homeopatía?


La homeopatía no tendría que entrar automáticamente porque alguien dijo “varicela”.

Desde la mirada unicista que yo trabajo, el diagnóstico nunca debería sustituir la individualización.

Si se considera un acompañamiento homeopático, no elegiríamos simplemente:


“Varicela = medicamento X”.


Observaríamos cómo está viviendo esa persona su varicela.


→¿La comezón desespera?

→¿Las lesiones arden?

→¿El calor las empeora?

→¿Busca frío?

→¿Está tremendamente inquieto?

→¿Está lloroso y quiere compañía?

→¿No quiere que nadie se acerque?

→¿Cómo apareció la fiebre?

→¿Cómo duerme?

→¿Cómo bebe?

→¿Qué cambió mentalmente durante el cuadro?


Ahí comienza la homeopatía.

No en el nombre de la enfermedad, sino en la manera particular de enfermar de esa persona.

Y también tenemos que reconocer los límites: actualmente no contamos con evidencia clínica sólida que permita afirmar que los medicamentos homeopáticos prevengan las complicaciones de la varicela o eliminen el virus.

Eso no impide estudiar la respuesta individual desde nuestra materia médica; significa simplemente no prometer lo que no podemos demostrar.


Porque una complicación no es momento para jugar al “a ver qué pasa”


Aquí sí quiero ser especialmente claro.

Una cosa es acompañar tranquilamente una varicela leve y otra muy diferente es ignorar señales de alarma bajo la idea de que “el cuerpo está haciendo su proceso”.

La infección bacteriana de las lesiones es una de las complicaciones más frecuentes en niños. También pueden aparecer deshidratación y, con mucha menor frecuencia, neumonía, alteraciones neurológicas, sepsis o problemas hemorrágicos.


Si una lesión se vuelve intensamente roja, caliente, dolorosa o comienza a sacar pus; si existe dificultad para respirar, confusión, dificultad para despertar o caminar, rigidez de cuello, vómitos frecuentes, dolor abdominal intenso, sangrado en las lesiones o fiebre alta o prolongada, eso necesita valoración médica.


Y hay personas en quienes desde el principio tenemos que ser especialmente cuidadosos: bebés, adolescentes, adultos, embarazadas y personas inmunocomprometidas tienen mayor riesgo de enfermedad grave o complicaciones.

Ahí no se trata de demostrar quién tiene la filosofía terapéutica más bonita.

Se trata de cuidar a la persona.


Ni “no pasa nada” ni “¡Dios mío, una roncha!”


Quizá eso sea lo que estos casos recientes me han hecho reflexionar.

Tenemos tanta información disponible que a veces confundimos estar informados con estar asustados.

Y no son lo mismo. No propongo romantizar la varicela.

Tampoco propongo buscar el contagio deliberadamente.

Mucho menos ignorar una complicación.


Propongo algo bastante menos espectacular:

volver a confiar en la capacidad del organismo sin dejar de observarlo responsablemente.

Que un niño pueda atravesar una enfermedad leve acompañado por adultos tranquilos, atentos e informados.

Que no aprenda que cada síntoma significa que su cuerpo está fallando.

Que tampoco aprenda que todo debe aguantarse porque “antes así se hacía”.


Y que nosotros, como terapeutas, sepamos algo que considero todavía más difícil que encontrar un medicamento: saber cuándo realmente hace falta intervenir.

Porque a veces cuidar significa tratar.


Sin pánico.

Sin negligencia.

Y, sobre todo, sin convertir unas cuantas ronchas en el estreno mundial de Contagio 2. 


— Adrián Prado


Este artículo es divulgativo y no sustituye una valoración médica. Ante señales de alarma o personas con mayor riesgo de complicaciones, se requiere evaluación profesional.

 
 
 

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